Salir

Gender and Occupational Prestige. Testing the Devaluation Theory in Spain. Gender, Work and Organization.

García-Mainar , I, García-Ruiz, P. y Montuenga, V.

Las condiciones laborales de las mujeres en los puestos de trabajo tienden a ser peores que las de los hombres en aspectos tales como salarios, posibilidades de promoción o representación en las posiciones elevadas de la jerarquía dentro de la empresa. Una evidencia clara es lo que se denomina brecha salarial entre hombres y mujeres. Uno de los argumentos por los que podría explicarse esta diferencia favorable a los hombres en los salarios que perciben reside en lo que se conoce como segregación ocupacional. Esto quiere decir que existe una distribución desigual entre hombres y mujeres en el tipo de ocupación que desempeñan y que, por término medio, los hombres tienden a concentrarse en ocupaciones que pagan mejor, mientras que las mujeres suelen ser mayoría en ocupaciones peor retribuidas (Blau y Kahn, 2017).

En este marco, se puede pensar en dos posibles procesos por lo que esto podría producirse. El primero es que, la creciente participación de la mujer en el mercado de trabajo ha venido dada por la colocación en aquellas ocupaciones que tradicionalmente no se encontraban entre las mejor pagadas: aquellas que suponían trasladar a la dimensión pública las actividades que se hacían en el ámbito doméstico, como limpieza, cuidados, servicios personales u otras donde eran una franca mayoría, como labores administrativas. No obstante, cierta parte de la literatura, especialmente sociológica, hace hincapié en que no es que las mujeres tiendan a concentrarse en ocupaciones peor pagadas, sino que en aquellas ocupaciones donde se concentran un número mayor de mujeres, tienden a ser peor remuneradas. Es lo que se conoce con el nombre de Teoría de la Devaluación, que indica que el pago a las mujeres es menor precisamente porque el trabajo de las mujeres está peor considerado, está devaluado, y sea cual sea siempre se pagará menos que el de los hombres.

La evidencia empírica no es concluyente y se encuentran estudios a favor y en contra de la teoría de la devaluación. Uno de los argumentos para explicar esta ambigüedad es que las mujeres se concentran en ocupaciones peor retribuidas pero que, quizás, proporcionan otro tipo de recompensas, no pecuniarias, que podrían atraer más a las mujeres en el sentido de que permiten conciliar su vida laboral con la familiar (o con el ocio), satisfacen más sus deseos o que son más reconocidas por la sociedad. En este sentido, recientes estudios han tratado de contrastar la hipótesis de la teoría de la devaluación utilizando el concepto de prestigio ocupacional como indicador del grado de deseabilidad de una profesión por parte de los individuos que conforman una sociedad o, en otros términos, cómo la sociedad reconoce la utilidad de una profesión, esto es, cómo la valora. Este concepto es más amplio que un puro indicador socioeconómico ya que tiene un carácter multidimensional que, aparte de reflejar aspectos como salarios o nivel educativo, incorpora otros como autoridad, autonomía, responsabilidad, vertiente social, etc.

Este artículo analiza la teoría de la devaluación en el mercado laboral español utilizando dos escalas de prestigio ocupacional elaboradas en 1991 y 2013 (Carabaña y Gómez-Bueno, 1996 y CIS, 2013). Las escalas asignan a cada ocupación un número o una posición en el amplio espectro de profesiones existentes en una economía que se registran en la llamada Clasificación Nacional de Ocupaciones. Ese número se obtiene a partir de encuestas realizadas a muestras representativas de la población española en cada uno de los años indicados, y de acuerdo con él, se ordenan las profesiones de mayor a menor en cuanto a su valoración por parte de la sociedad. Lo que hacemos en este trabajo es investigar si la feminización de las ocupaciones afecta a su prestigio social.

De 1991 a 2013 la participación de la mano de obra femenina aumentó en varios puntos porcentuales, observándose un incremento de mujeres en gran parte de las ocupaciones, si bien en unas más que en otras. Lo que tratamos de relacionar es si aquellas ocupaciones en las que se produjo un mayor aumento de las mujeres tuvieron retrocesos en su valoración por parte de la sociedad.

Clasificamos las ocupaciones en más o menos feminizadas según el porcentaje de mujeres en tramos del 20%. Tomamos las 207 ocupaciones a tres dígitos de la Clasificación Nacional de Ocupaciones de 1994. Así, tenemos las muy feminizadas con un porcentaje de mujeres entre el 80% y el 100%; las feminizadas, si el porcentaje se encuentra entre un 60% y un 80%, y sucesivamente en integradas, masculinizadas, y muy masculinizadas (porcentajes de mujeres entre 0 y 20%). En 1991, el 75% de las ocupaciones eran masculinizadas o muy masculinizadas; en 2013 se redujo a poco más del 50%. Las ocupaciones integradas pasaron de ser de un 10% a superar el 20%.

Al relacionar el carácter feminizado de la ocupación con su prestigio ocupacional observamos situaciones de todo tipo. Ocupaciones muy masculinizadas con un prestigio alto en 1991, pero que se redujo clamorosamente en 2013, siendo todavía masculinizadas, como las relacionadas con los cargos políticos, gerentes y empresarios, mandos militares o los puestos eclesiásticos. Ocupaciones muy masculinizadas en ambos momentos del tiempo, con un prestigio medio bajo en 1991 que se incrementó acusadamente en 2013, como las que tienen que ver con puestos de capataces, jefes de obra, encargados, mecánicos, electricistas, o los bomberos. Ocupaciones feminizadas, tanto en 1991 como en 2013, que ganaron un gran prestigio de un año a otro como cuidadoras, servicios personales o profesoras de infantil, primaria y educación especial. Ocupaciones feminizadas que vieron su prestigio reducirse entre esos años como las relacionadas con bibliotecarias, archiveras, administrativas o secretarias. Por supuesto, hay muchas ocupaciones masculinizadas o feminizadas, cuyo prestigio apenas ha variado de una a otra escala, como profesiones científicas, médicas o de educación, de servicios o las ocupaciones elementales. Por último, hay ocupaciones con prestigio elevado que eran masculinizadas y han mantenido su prestigio más menos invariado pero que, al incorporar mujeres, ahora son integradas.

Además de esta diversidad de situaciones, hay que tener en cuenta que entre 1991 y 2013 se produjeron en España muchos cambios sociales, culturales y económicos que han podido influir en la consideración que los ciudadanos tienen de las ocupaciones. El nivel educativo de la población general aumentó, la economía se terciarizó - en 2013, el 75% del empleo estaba en el sector servicios-, la población extranjera superó el 10%, a lo que hay que añadir los efectos de la Gran Recesión. Conviene, por tanto, tener en cuenta estos factores de forma simultánea y para ello realizamos análisis de regresión en los que el prestigio de una ocupación se hace depender del grado de feminización de dicha ocupación y de variables que tratan de controlar todos estos aspectos.

Los resultados muestran que la relación entre feminización y prestigio ocupacional en España ha cambiado entre 1991 y 2013. En 1991, las ocupaciones altamente feminizadas se asociaban con menor prestigio, mientras que las ocupaciones masculinizadas tenían mayor reconocimiento social, en línea con la teoría de la devaluación. Sin embargo, en 2013, esta relación se modificó: ocupaciones altamente feminizadas, como la enfermería, los servicios personales y de cuidados o la educación, ganaron prestigio, de forma que la asociación entre prestigio y presencia de mujeres se tornó positiva. En 2013, las ocupaciones masculinizadas y feminizadas tienden a ser 9

más valoradas que las ocupaciones integradas. Esto sugiere que la feminización no implica necesariamente una disminución en la valoración social de una ocupación, desafiando la teoría de la devaluación en el contexto español.

Podemos concluir que el debilitamiento de la teoría de la devaluación de un año a otro en España vino dado, por un lado, por el incremento del nivel educativo general de las mujeres y de su participación en el mercado de trabajo, lo que ha permitido su acceso a ocupaciones tradicionalmente masculinas y socialmente muy reconocidas (profesionales y técnicos); y, por otro lado, la ganancia en valoración de ocupaciones fuertemente feminizadas, especialmente aquellas relacionadas con los cuidados, servicios personales, sanidad y la educación.
 

García-Mainar , I, García-Ruiz, P. y Montuenga, V. (2025). https://doi.org/10.1111/gwao.13262 

References
Blau Francine D. and Lawrence Kahn. 2017 “The gender wage gap: extent, trends, and explanations.” Journal of Economic Literature 55 (3):789-865. https://doi:10.1257/jel.20160995.

Carabaña J and Gómez-Bueno C (1996) Professional Prestige Scales. Madrid: CuadernosMetodológicos CIS n 19.

CIS (2013) Occupational Prestige and Social Structure. Estudio 3004. Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).